Después de la última y exhaustiva revisión de mi nueva novela, que será publicada por Grijalbo en la primavera de 2013, he entrado de lleno en esa especie de tierra de nadie que llamo “el tiempo entre novelas”. Un período extraño, lleno de sensaciones contradictorias, que empieza con alegría por haber acabado con bien ese viaje agotador de muchos meses que supone escribir y pulir una novela, pero enseguida desemboca en una especie de vacío, precisamente por haber llegado al puerto de destino después de la travesía. Tras tanto tiempo sumergida en un mundo paralelo haciendo gozar – y también sufrir -, amarse – y también odiarse a muerte-, pelearse – y también reconciliarse – a unos personajes que suelen parecer tan reales como seres de carne y hueso, me veo arrojada de vuelta a la prosaica realidad, abocada a pasar el mono de novela como una yonqui cualquiera. Suelo combatirlo hartándome de leer todos esos libros que fui comprándome, pero no tuve tiempo ni de abrir mientras escribía. Y entretanto, voy dejando que madure en mi cabeza la siguiente historia. A veces, hay varias aspirantes a ocupar el puesto de la que ya he terminado. En ese caso les doy un tiempo para que se enfrenten entre ellas por el honor de convertirse en la siguiente novela. Porque siempre acaba imponiéndose por sí misma la historia más apetitosa, la que más fuerza tiene, la que brilla incluso en esa fase embrionaria en la que todo está por hacer.
Ahora, ya tengo una candidata a ocupar el lugar de la novela terminada. Esta vez, solo una. Vehemente y tentadora como la fruta de verano. Ya he empezado a documentarme, sin prisa pero sin pausa, para ir empapándome del universo que quiero recrear. Porque la fase de documentación es como cuando nos estudiamos las guías del país al que queremos irnos de vacaciones. Y a ese menester hay que dedicarle el tiempo y esfuerzo que necesita.
Y mientras preparo mi siguiente viaje literario, aguardo con ilusión las distintas fases que suelen acompañar a una nueva novela. Como la corrección de las galeradas, una tarea que me gusta mucho, porque ya se ve cómo quedará en formato de libro el texto que antes había visto siempre en Word. O el descubrimiento del boceto de portada que envían desde la editorial. Abrir ese fichero jpg supone un auténtico momento de experiencia religiosa, como la de Enriquito Iglesias. Otro instante estelar es cuando llega la caja con nuestros libros y podemos tocar, oler y hasta acariciar el primer ejemplar que sacamos. Y al final, está el momentazo total en el que una ve su libro expuesto en las librerías, con su camisita y su canesú. Eso sí que es una experiencia religiosa, no la que cantaba Enriquito.
(La foto la he tomado de mediared.es)